27 de marzo de 2015

Cocina

Y es ahí donde estás.
Nunca vi una ventana tan pequeña
que diera tanta luz,
aunque no dé a ningún sitio los domingos.
Esos domingos azules
o grises que brillantes u opacos
se me escapan entre los dedos de las manos
si los amaso en tu cocina.
Mis manos se pegotean con harina y agua
pero no importa
porque en tu cocina
está esa pequeña ventana.

Nadie nos ve por ahí.
Sin testigos quedó guardada la tarde
que tratabas de entender lo que yo quería.
Era muy fácil por eso te mentí.

Ahora, al mediodía cortamos cebollas
y hablamos de cosas que no son importantes
y a veces, corto  el tomate en ocho rodajas
mientras hablamos de cosas importantes
que para mi sólo son relleno.
Por momentos uno de los dos ha estado sentado en una silla.
Pero también nos abrazamos.

Cuando miro por la pequeña ventana,
no se si espero que se haga inmensa,
no se si espero que se haga de noche.
Siempre es pequeña
y cuando se hace de noche, desaparece.
Y como ya no hay ventana, ni testigos,
me abrazas con ternura y te susurras:
ella merece saber cómo la deseo.

Por las noches uno dice la verdad
y por el día uno miente.
Por eso siempre sé cuando me estás diciendo la verdad.
Porque es por las noches cuando veo tus lágrimas
que me piden que nunca te olvide.